domingo, 6 de septiembre de 2026

UN DEFENSOR DE LA IDEOLOGÍA DE GÉNERO RECONOCE QUE SÍ ES UNA IDEOLOGÍA

UN DEFENSOR DE LA IDEOLOGÍA DE GÉNERO RECONOCE QUE SÍ ES UNA IDEOLOGÍA

Por Iván Oré Chávez



Durante años, una de las respuestas más repetidas frente a quienes denuncian la existencia de una ideología de género ha consistido precisamente en negar su existencia. La expresión sería una invención conservadora, religiosa o de las nuevas derechas destinada a desacreditar las políticas de diversidad sexual. Sin embargo, una reciente columna publicada por El Espectador introduce una novedad particularmente interesante: un intelectual de izquierda no solamente utiliza la expresión, sino que reconoce expresamente el carácter ideológico del género y defiende que sea llevado a las aulas.

El autor es Santiago Vargas Acebedo, sociólogo y arquitecto colombiano que investiga las relaciones entre cultura y política. Es candidato a doctor en Sociología por la Universidad de Cambridge, tiene una maestría en Cultura y Sociedad por la London School of Economics (LSE) y estudió Arquitectura en la Universidad de los Andes. Ha publicado en El Espectador, El Tiempo, Cambio y El Malpensante. Es decir, no estamos ante un activista marginal, sino ante un columnista con formación académica en algunas de las instituciones universitarias más reconocidas del mundo.

“PUES BIEN, EL GÉNERO ES UNA FORMA DE IDEOLOGÍA”

El 29 de agosto de 2026, Vargas publicó en El Espectador una columna cuyo título no deja demasiado espacio para interpretaciones: “En defensa de la ideología de género”. Lo verdaderamente interesante aparece dentro del artículo. Después de explicar el concepto marxista de ideología y su relación con el poder, escribe categóricamente: “Pues bien, el género es una forma de ideología”.

La afirmación merece atención porque modifica los términos habituales de la controversia. Aquí no tenemos a un crítico conservador utilizando la expresión “ideología de género” para describir las posiciones de sus adversarios. Tenemos a un defensor de esas ideas afirmando expresamente que el género constituye una forma de ideología y escribiendo una columna precisamente para defenderla.

Vargas comienza, además, su argumentación recurriendo directamente a Karl Marx y La ideología alemana. Explica la ideología como una forma socialmente producida de comprender el mundo que hace aparecer como naturales determinadas construcciones culturales. Añade que las ideologías dominantes están vinculadas al poder porque permiten presentar determinadas relaciones de dominación como naturales e inevitables. Inmediatamente después aplica esa matriz al género.

DE MARX A JUDITH BUTLER

La arquitectura intelectual de la columna resulta bastante clara. Vargas distingue entre sexo, entendido como condición corporal o morfología sexual, y género, entendido como las normas, significados y expectativas que una cultura construye alrededor de esa diferencia corporal. Entre ellas menciona roles, jerarquías, sentimentalidad, división social del trabajo y formas de vestir.

Después introduce expresamente a Judith Butler. Según la exposición de Vargas, el género no sería una esencia derivada del sexo anatómico, sino una identidad producida mediante la repetición de normas sociales que terminan haciendo aparecer determinadas interpretaciones culturales de lo masculino y femenino como si fueran naturales. La genealogía intelectual que el propio columnista construye puede resumirse así: MARX → IDEOLOGÍA Y PODER → JUDITH BUTLER → GÉNERO COMO CONSTRUCCIÓN → CRÍTICA DE LA NATURALIZACIÓN DEL GÉNERO.

Esto también permite precisar la discusión. Nadie necesita sostener que el color de la ropa, determinadas profesiones o todos los roles familiares estén biológicamente determinados para reconocer la existencia objetiva del sexo. Una cosa es demostrar que existen convenciones culturales alrededor de hombres y mujeres y otra diferente concluir que la realidad sexual del organismo depende de esas convenciones. Precisamente en el tránsito entre sexo, roles culturales e identidad se encuentra buena parte de la controversia contemporánea.

VARGAS SE UBICA EN LA IZQUIERDA

Su utilización de Marx podría considerarse simplemente académica si estuviera aislada. Pero su trayectoria como columnista permite situar mucho mejor su posición política. Vargas ha hablado de sí mismo desde la izquierda y ha escrito sobre la izquierda como un proyecto político propio, aunque manteniendo fuertes críticas contra Gustavo Petro.

En noviembre de 2025 escribió que en las elecciones de 2022 había votado por Gustavo Petro. En esa misma columna habló expresamente de “la izquierda” como un proyecto político con vocación de poder y presentó favorablemente la candidatura de Iván Cepeda, aunque desde una posición crítica hacia Petro.

Su archivo de columnas confirma esa ubicación. En febrero de 2025 publicó “Por una izquierda sin Petro”. En mayo de 2026 escribió “¿Por qué votar por Iván Cepeda?”. También ha publicado textos críticos contra Álvaro Uribe, Paloma Valencia, Javier Milei y Abelardo de la Espriella. Esto permite describirlo razonablemente como un intelectual de izquierda o progresista, aunque eso no significa que sea un militante partidario ni un defensor incondicional del petrismo.

Hay además un antecedente particularmente significativo. Ya el 25 de noviembre de 2022, cuando escribía en El Tiempo, Vargas publicó una columna titulada “La primera línea contra la ideología de género”. Por tanto, su interés en esta controversia tampoco comenzó en agosto de 2026. Forma parte de una trayectoria de varios años escribiendo sobre sexo, género, familia, derechos y transformaciones culturales.

 

La propia definición de género utilizada por Vargas ya incorpora una carga ideológica. No se limita a constatar algo evidente —que existen construcciones culturales alrededor del sexo—, sino que introduce inmediatamente “jerarquías”, división del trabajo, sentimentalismo, roles y vestimenta. La diferencia sexual comienza así a ser contemplada a través de una matriz previa de normas, jerarquías y poder.

Vargas vuelve además a mezclar realidades diferentes. Que una sociedad asocie determinadas prendas, profesiones o comportamientos con hombres o mujeres demuestra que existen roles culturales, no que la condición de hombre o mujer sea producida culturalmente. Una falda puede ser una convención; el sexo del organismo no lo es. La cultura puede interpretar el sexo, pero no por ello crea el sexo.

El salto decisivo llega con Judith Butler. Vargas pasa de una afirmación evidente —las culturas construyen interpretaciones de la masculinidad y la feminidad— a presentar el género como una “identidad que se construye” mediante la repetición de normas sociales. Pero ¿qué se construye exactamente: los estereotipos, los roles, la identidad subjetiva o la condición sexual? No son la misma cosa. Al mantener difusa esa frontera, puede deslizarse desde una verdad —existen convenciones culturales— hacia una tesis ideológica mucho más discutible: que esas construcciones explican la propia identidad sexual. Allí la teoría deja de limitarse a describir la cultura y comienza a imponer su particular interpretación de la realidad.

Hay además un salto argumental importante cuando Vargas sostiene que negar la distinción entre sexo y género equivale a considerar naturales las formas de vestir, los comportamientos, las jerarquías y la división de roles entre hombres y mujeres. Aquí su propia ideología vuelve a distorsionarle la realidad: una proposición no conduce necesariamente a la otra. Es perfectamente posible reconocer que numerosas expectativas sociales atribuidas históricamente a hombres y mujeres son convenciones culturales y, al mismo tiempo, sostener que el sexo constituye una realidad biológica objetiva.

Vargas incurre así en la falacia del hombre de paja: atribuye a quienes defienden la realidad biológica del sexo una posición que no se desprende de ella —que también considerarían naturales todos los roles, estereotipos y jerarquías históricamente asociados a hombres y mujeres— y luego ataca esa posición artificialmente construida. Mezcla tres planos diferentes: sexo biológico, roles culturales e identidad de género. Que una vestimenta, profesión o expectativa de comportamiento sea cultural no demuestra que el sexo también lo sea.

Su ideología le hace ver gigantes donde hay molinos de viento. Primero construye un adversario mediante su propia matriz ideológica y después combate contra esa construcción como si fuera la realidad. Es un verdadero quijotismo de la ideología de género: el hombre de paja termina convertido en gigante.

La paradoja es todavía mayor porque Vargas presenta su interpretación como una liberación de la ideología. Introduce las relaciones entre hombres y mujeres dentro de una matriz de “discurso”, “poder” y dominación, mientras describe la posición contraria como “esquizofrenia colectiva” y parte de un “complot de las nuevas derechas”. Pero su teoría del poder también es una interpretación de la realidad, no la realidad misma. Vargas termina así incurriendo precisamente en aquello que denuncia: confundir sus ideas sobre la realidad con la realidad misma.

 

Su columna además tiene una contradicción interna muy notoria por incurrir en una argumentación muy distorsionada de la realidad. Vargas comienza su columna definiendo la ideología como aquello que hace que «confundamos las ideas que tenemos de la realidad con la realidad misma», pero en este párrafo corre incurre en lo mismo que tanto crítica infundadamente al adversario, proyectándose ideológicamente,  su razonamiento contiene varios saltos:

  • Primero, parte correctamente de que alrededor del sexo existen construcciones culturales: vestimenta, determinados roles, expectativas sociales, comportamientos considerados masculinos o femeninos. Pero de allí pasa a colocar bajo sospecha los «mandatos asignados a sus cuerpos». El problema es que no todo lo asociado al cuerpo sexual es un mandato cultural. La capacidad reproductiva diferenciada de hombres y mujeres, por ejemplo, no es un discurso producido por relaciones de poder. Aquí necesita distinguir qué es convención cultural y qué es realidad biológica.
  • Segundo, dice que debe enseñarse a los niños a «separar la cultura de la naturaleza». Pero para poder realizar esa separación primero hay que establecer qué pertenece a cada ámbito. Si se parte de una teoría previa según la cual determinadas significaciones de la diferencia sexual son construcciones del poder, existe el riesgo de que la teoría determine anticipadamente qué debe considerarse cultural. Eso reproduce justamente el problema epistemológico que él atribuye a la ideología: hacer pasar una interpretación de la realidad por la realidad misma.
  • Tercero, hay una contradicción especialmente interesante en su concepto de educación crítica. Vargas dice que llevar la ideología de género a las aulas significa desarrollar la «capacidad crítica» del niño. Pero simultáneamente ya proporciona el marco dentro del cual debe realizarse esa crítica: mandatos → discursos → reproducción del poder → liberación de esos mandatos. El alumno no descubre necesariamente esa interpretación; se le entrega previamente la matriz interpretativa.

Por eso puede hacerse una crítica mucho más profunda de la percepción distorsionada de Vargas. Su propuesta educativa no es ideológicamente neutral. Está proponiendo enseñar a interpretar la realidad mediante categorías concretas procedentes de un determinado artificio intelectual: construcción social, relaciones de poder, naturalización y género.

Ahí aparece la paradoja de Vargas, quien presenta su marco como desarrollo de la “capacidad crítica”, mientras maniqueamente califica la posición contraria como “oscurantismo” y “esquizofrenia de la ideología”. Pero si al alumno se le proporciona previamente la matriz con la que debe interpretar el mundo —mandato, construcción, dominación y poder—, ya no estamos simplemente enseñándole a pensar críticamente: estamos enseñándole una determinada teoría desde la cual debe pensar. Y eso es precisamente lo que sus críticos llevan años denominando ideología de género en la educación.

COLOMBIA: LA IDEOLOGÍA DE GÉNERO VUELVE AL CENTRO DE LA BATALLA EDUCATIVA

COLOMBIA: LA IDEOLOGÍA DE GÉNERO VUELVE AL CENTRO DE LA BATALLA EDUCATIVA

El debate sobre la ideología de género en Colombia no terminó con las primeras medidas anunciadas por el nuevo gobierno de Abelardo de la Espriella. Durante la última semana adquirió una nueva dimensión con el relevo en el Ministerio de Educación: Viviane Morales deja la cartera e Ilva Myriam Hoyos asume el ministerio con antecedentes públicos y documentados de crítica a la ideología de género. La controversia tampoco se limita ya a determinar si existe o no una “ideología de género”, sino que alcanza una cuestión mucho más concreta: qué concepción del sexo, el género, la identidad, la familia y la sexualidad debe transmitir la escuela y quién tiene autoridad para establecer esos contenidos.

ILVA MYRIAM HOYOS: UNA POSICIÓN QUE VIENE DESDE 2016

El nombramiento de Hoyos resulta especialmente significativo porque su posición no apareció con el cambio de gobierno. Tras conocerse su designación, medios colombianos recuperaron un documento de 38 páginas elaborado por ella en el contexto de las discusiones sobre el enfoque de género incorporado al Acuerdo de Paz de 2016. Hoyos advertía entonces que el concepto había experimentado una ampliación: ya no se refería únicamente a la protección de los derechos de las mujeres, sino que incorporaba cuestiones relacionadas con diversidad, identidad y orientación sexuales.

Su objeción era fundamentalmente antropológica. Consideraba que bajo la categoría de género podía introducirse una concepción que terminara negando “la diferencia y la reciprocidad entre el hombre y la mujer”. El dato permite establecer una continuidad de diez años: Hoyos cuestionaba determinadas concepciones sobre género en 2016 y ahora, en 2026, llega precisamente al ministerio encargado de dirigir la política educativa nacional.

DE PETRO A DE LA ESPRIELLA

El cambio adquiere mayor importancia porque el gobierno anterior dejó aprobada la Política Nacional Intersectorial de Sexualidad, Derechos Sexuales y Derechos Reproductivos 2026-2035, mediante la Resolución 1350 del 10 de julio de 2026. Como ya hemos documentado, esa política dispuso la incorporación progresiva y transversal de contenidos relacionados con derechos sexuales y reproductivos bajo enfoques de derechos humanos, género e interseccionalidad en proyectos educativos, planes de estudio y prácticas pedagógicas.

La cadena institucional era clara: Gobierno → Ministerio de Educación → secretarías territoriales → instituciones educativas → planes de estudio → formación docente → aulas. El cambio presidencial modificó la dirección política. Viviane Morales, primera ministra de Educación de De la Espriella, anunció en agosto la revisión de materiales y políticas educativas heredadas del gobierno de Gustavo Petro y denunció la existencia de una “campaña woke” en la educación. Ahora Morales sale y llega Hoyos, cuya oposición a la ideología de género puede rastrearse documentalmente hasta 2016. No estamos, por tanto, ante una declaración aislada, sino ante un cambio de orientación de la política educativa colombiana.

“EN DEFENSA DE LA IDEOLOGÍA DE GÉNERO”

La reacción producida en los medios resulta igualmente reveladora. El Espectador publicó el 29 de agosto una columna del sociólogo Santiago Vargas Acebedo titulada expresamente “En defensa de la ideología de género”. El hecho resulta significativo porque durante años una de las respuestas más frecuentes frente a sus críticos ha sido afirmar que “la ideología de género no existe”. Durante estos mismos días continúan apareciendo artículos que sostienen esa tesis, mientras otro columnista utiliza directamente la expresión para defender aquello que entiende por ella.

El 4 de septiembre, el mismo El Espectador publicó una réplica titulada “Sobre ideologías y terremotos”, donde reaparece directamente la discusión entre sexo biológico y género entendido como construcción social. La respuesta incorpora además otro asunto que ha adquirido importancia internacional: las intervenciones médicas sobre menores con disforia de género y los casos de detransición. De esta manera, el debate colombiano comienza a conectar educación, identidad de género y medicina, tres ámbitos en los que la controversia se ha desarrollado intensamente durante los últimos años.

LA DISPUTA ES POR LA EDUCACIÓN

El punto central puede formularse con claridad. La discusión no consiste simplemente en estar a favor o en contra de la educación sexual. La verdadera disputa es qué se enseña, a qué edad, con qué concepción del ser humano y quién lo decide. En un extremo se encuentra una concepción que considera necesario incorporar género, identidad, orientación sexual, diversidad y derechos sexuales y reproductivos dentro de la formación escolar. En el otro aparecen quienes sostienen que determinadas formulaciones exceden la educación sexual y transmiten una antropología específica sobre la relación entre sexo biológico, identidad personal, sexualidad y familia.

Por eso reaparece inevitablemente la relación padres–escuela–Estado–niño. La cuestión consiste en determinar dónde termina la potestad educativa de los padres y dónde comienza la capacidad estatal para establecer contenidos obligatorios relacionados con sexualidad e identidad. El debate adquiere así una dimensión política mucho mayor que la simple discusión terminológica sobre la existencia de la ideología de género.

UNA BATALLA QUE COMENZÓ MUCHO ANTES

La cronología permite observar el proceso. En 2016, el enfoque de género se convirtió en uno de los asuntos controvertidos alrededor del Acuerdo de Paz y Hoyos publicó sus objeciones. En julio de 2026, el gobierno de Petro aprobó una política de sexualidad y derechos sexuales y reproductivos proyectada hasta 2035, con incorporación transversal del enfoque de género e interseccionalidad en educación. En agosto, producido el cambio de gobierno, Viviane Morales anunció la revisión de materiales educativos y denunció una “campaña woke”. Finalmente, en septiembre, Morales deja Educación e Ilva Myriam Hoyos asume el ministerio, haciendo que sus posiciones de 2016 vuelvan inmediatamente al debate público.

La secuencia permite comprobar que las ideas sobre género recorrieron el camino desde el debate académico y político hasta las normas, los ministerios, la formación docente y los planes educativos. Ahora comienza el movimiento inverso: un nuevo gobierno pretende revisar esa institucionalización. Lo que está ocurriendo en Colombia ofrece así una oportunidad excepcional para observar cómo funciona una batalla cultural cuando ya ha alcanzado las estructuras del Estado.

COLOMBIA SE CONVIERTE EN UN CASO DE ESTUDIO

Durante el gobierno anterior determinadas categorías sobre género, sexualidad y derechos reproductivos fueron incorporadas a políticas públicas. El nuevo gobierno cuestiona esas categorías y comienza a revisar su aplicación. Inmediatamente reaccionan medios de comunicación, organizaciones políticas, académicos, sindicatos y sectores de la sociedad civil. La discusión sobre la ideología de género ha dejado, por tanto, de ser exclusivamente teórica: teoría → política pública → norma → burocracia → educación → aula.

Ahora puede observarse el recorrido inverso: cambio electoral → nuevo gobierno → revisión de la política → resistencia política, institucional y cultural. Colombia permitirá comprobar hasta qué punto una política ideológica, una vez incorporada a las estructuras educativas y administrativas, puede ser modificada mediante una alternancia democrática de gobierno. La batalla que comenzó alrededor de las palabras sexo, género e identidad ha terminado convirtiéndose en una disputa mucho mayor: quién define la antropología que el Estado transmite a la siguiente generación.